El tercer domingo después de la Resurrección

Sermón del Rev. Dayle Casey

Tres Easter Day - Año A

En Chapel of Our Saviour

Hechos 2:14a, 36-47

Colorado Springs, Colorado

1 Pedro 1:3-9

14 de abril del 2002

Juan 24:13-35

 

Jesús fue crucificado el viernes. Todo el sábado, su cuerpo estuvo en la tumba. El domingo, el primer día de la semana, la tumba estaba desocupada y desde ese entonces es cuando Nuestro Señor se les apareció a sus amigos, incluyendo los dos que iban camino a Emaús.

He aquí lo que nos dice Frederick Buechner con respecto de esos tres días (La magnífica derrota, 1966):

El viernes por la tarde, El murió y entonces vino el sábado que debería haber sido el peor día pero que parece no haberlo sido.

Si por un sólo instante miráramos al sol radiante, nos daríamos cuenta de que por horas, cada vez que cerráramos los ojos veríamos el círculo del sol que permanecería como si su imágen hubiera sido grabada en nuestros párpados y así debe de haber sido para los que estuvieron presentes ese Viernes en el cerro donde Jesús había sido ejecutado.

El sábado, durante la celebración judía del sábato, aún con sus ojos cerrados podían ver las tres cruces oscuras y angulares contra el cielo; aún con las manos sobre las orejas podrían oír los sonidos que se habían hecho en ese lugar, el grito de sed, el zumbido de las moscas y el calor, porque el calor también tiene un sonido, como el sonido apagado de un tambor o el latido de un corazón.

Pero el poeta tenía razón cuando dijo que

"Después

de un gran dolor un sentimiento formal

viene"

y para las personas que habían amado a este hombre y que lo habían seguido para estar junto a él cuando muriera, el sábado debe de haber sido un día extrañadamente formal también, de la misma manera en que un día le llega la muerte a alguien a quien amamos es un día formal: cuando arreglamos nuestras caras con mucho cuidado al igual que nuestras palabras y tenemos mucho cuidado donde ponemos nuestros pies porque sentimos que un paso en falso y la tierra y el cielo se nos vendrán encima. Es lo mismo que cuando alguien en nuestra familia muere, cuando volvemos después del funeral, las cosas no son las mismas: la gente es muy cortés y un poquito estirada con nosotros y son capaces de arreglarse la corbata y empezar a hablar sobre cosas sin importancia cuando venimos donde ellos se encuentran.

Claro está que las cosas no duran así por mucho tiempo. De repente, antes de que nos demos cuenta estamos de vuelta a la típica forma de ser, de hacerle zancadillas a nuestros competidores, de dejar la grande y de no importarnos como los demás se sienten. Y quizás, ese sea el peor momento de todos, cuando nos damos cuenta que la vida va a seguir tal como siempre excepto que no será igual.

Por lo que, para algunos de los seguidores de Jesús, quizás el peor día haya sido el tercero, el Domingo, que para los judíos es como nuestro lunes, con todo volviendo a ser como siempre, lo que haría imposible creer que su vida o su muerte haría una diferencia al mundo en general. Cuando, de repente, se dieran cuenta que el asunto de su vida en realidad no habría hecho mella en nada.

El había hecho muchas promesas y grandes afirmaciones y muchas personas habían puesto sus esperanzas en él. Pero ahora estaba muerto. Por supuesto que habían rumores de que la tumba estaba desierta. Las mujeres habían vuelto apenas había amanecido llenas de cuentos. Pero los rumores eran sólo rumores, las mujeres siempre andaban contando cuentos locos y por lo menos dos de las personas quienes lo habían seguido hasta el final decían lo mismo, por lo que no quedaba otra cosa que hacer que irse del pueblo ese domingo.

Y ¿Adónde fueron? Fueron a Emaús. Y ¿Dónde estaba Emaús y por qué se dirijeron allí? En realidad, no era ninguna maravilla y la única razón por la cual fueron allí es que quedaba a solo siete millas de distancia de donde la situación se había vuelto insostenible.

¿Me entiendes cuando te dijo que no hay nadie que no ha ido a Emaús con ellos? Emaús puede ser una ida al cine sin razón, sólamente por ver una película o ir a un cocktail por los puros cocktails. Emaús representa comprarse un traje nuevo o un coche nuevo o fumar más cigarrillos de los que quieres o leer una novela mediocre o aún escribir una en ese estilo. Quizás Emaús sea ir a la iglesia el domingo. Emaús representa olvidar todo lo que hacemos o adonde vamos para darnos cuenta de que no hay nada sagrado en el mundo; que las cosas más sabias y valientes y maravillosas también se deterioran y se mueren; que las ideas más nobles que los hombres hayan tenido – ideas tales como el amor, la libertad y la justicia – siempre han tenido la oportunidad de corromperse por hombres quienes son unos egoistas y que sólo piensan en lo que sacarán en limpio para ellos. Emaús es donde vamos como han ido estos dos hombres, para tratar de olvidar a Jesús y el gran fracaso de su vida.

Es una historia extraña. Todas las historias de las apariciones de Jesús después de su muerte son extrañas y la cosa más extraña de ellas es lo poco glamorosas que son, lo poco importantes que parecen ser. Si tú o yo las hubiéramos escrito, habría sido bien difícil de resistir la tentación de agregarles un poco más de drama. En las historias de su nacimiento hay un coro de ángeles cantando:

"¡Gloria

a Dios en las

alturas!"

y reyes que venían del oriente con regalos maravillosos; los pastores que venían de noche a arrodillarse frente al portal; y la estrella.

Pero aquí, por ejemplo, todo lo que tenemos son dos hombres caminando por una senda polvorienta a un pueblito del cual nadie sabe mucho, dándose cuenta de unos pasos que se les acercan por detrás y que se juntaba a ellos y que este extraño era Jesús pero que ellos no lo habían reconocido quizás ni cuando estaba vivo, que no lo habían visto por lo que realmente era pero sólamente como ellos habían querido que fuera; un héroe que les podría ofrecer respuestas fáciles a todas esas preguntas difíciles de la vida, preguntas sobre el amor y el dolor y la bondad y la muerte.

Por lo que se juntaron con este Jesús al que no habían reconocido y cuando llegaron a la aldea llamada Emaús y como se hacía de noche, lo persuadieron a no seguir y a quedarse a comer con ellos. Y fue sólamente en ese momento cuando tomó el pan y lo bendijo y lo partió que se dieron cuenta de quien era. Y en el instante que lo reconocieron es cuando se desapareció. Por más que les habría gustado tenerlo entre ellos por un minuto o dos, no pudieron lograrlo. No pudieron mantenerlo clavado para que no se fuera.Y así ocurre cada vez. No podemos mantenerlo donde queremos aunque los clavos que usemos sean reales y aunque donde lo clavemos sea una cruz. El viene de repente, quien sabe de donde, como los primeros rayos del sol después de una tormenta o quizás como los mismísimos truenos; y quizás lo reconozcamos y quizás no y nuestras vidas no serán nunca más las mismas si lo reconocemos o no.

Y el lugar donde viene es posible que sea Emaús, el cual es el lugar donde pasamos la mayoría de nuestras vidas, tú y yo, el lugar al cual vamos en orden de escapar – un bar, una película, o lo que sea cuando tiramos la esponja y decimos. "Al diablo con todo. No tiene importancia, ya que nada cambia."

Pero hay cosas de las que aún en Emaús no podemos escapar. Podemos escapar de nuestros problemas por lo menos por un tiempo. Podemos escapar del trabajo que perdimos o del amigo a quien herimos. Podemos por un tiempo escapar de la terrible sospecha de que la vida no tiene sentido y que la religión de Jesús es sólo esperanza. Pero de una cosa no podemos escapar y es de la vida misma; del hecho de que estoy en este mundo, un ser viviente con sangre en las venas y respirando por los pulmones. No podemos escapar el sentir hambre y no podemos escapar de comer. No podemos escapar del caminar o conducir por un camino polvoriento para ir de aquí para allá.

Y mi punto de vista es que precisamente en tales momentos es cuando la vida va a preguntarnos cosas a las que no podemos escapar: preguntas tales como a donde nos conducirá el camino que seguimos; si el alimento es suficiente para mantenernos vivos, verdaderamente vivos; sobre quienes somos y quien es el extraño que nos sigue.

En otras palabras, es precisamente en ese instante cuando Jesús es apto de venir a vernos, en medio del tumulto de la vida cuando es más real e inescapable. No en una luz irreal, no en el medio de un sermón, ni cuando dormitamos y tenemos la sensación de una experiencia religiosa, por el contrario será durante la cena o cuando caminamos por un sendero. Eso es lo que todas las apariciones de Jesús después de su Resurrección tienen en común: María esperando en la tumba vacía y de repente dándose vuelta y viendo que hay alguien que está allí – alguien que por un momento creyó que era un jardinero; todos los discípulos reunidos escondiéndose bajo llave, excepto por Tomás, y entonce él caminando y parándose en medio de ellos; y que más tarde, cuando Tomás estaba allí, volviéndose a aparecer y parándose en medio de ellos; Pedro devolviéndose a tierra con su nave después de haber permanecido toda la noche en el mar y allí en la orilla, cerca de un fueguito de carbón se encuentra una figura familiar que pregunta: "Chicos, ¿tiene algo de pescado?"; los dos hombres a Emaús que lo reconocieron al partir el pan. El nunca se acerca desde lo alto pero en medio de la gente, en medio de la vida real con preguntas que se hacen en la vida real.

Los momentos sagrados, los momentos de los milagros, son generalmente los momentos que ocurren a diario, los momentos que si no miramos con más de nuestros ojos o escuchamos con más que nuestros oídos, nos revelarán sólamente… al jardinero, al extraño que viene por el camino hacia nosotros, una comida como cualquiera otra.

Pero si miramos con nuestro corazón, si escuchamos con todo nuestro ser y con nuestra imaginación – si no vivimos nuestras vidas de vacaciones a vacaciones, de escape a escape pero del milagro de un instante en nuestras vidas hasta el milagro del próximo, lo que podremos ver es a Jesús mismo, lo que podremos oír es el sonido lejano de una voz muy dentro de nosotros mismos diciéndonos que hay un propósito en la vida, en nuestras vidas, si lo entendemos completamente o no; y que este propósito nos sigue a través de todas nuestras dudas, nuestros miedos, nuestra indiferencia y aburrimiento a un momento cuando de pronto sabemos por seguro que todo tiene sentido porque todo está en las manos de Dios, cuyos nombres son el perdón y el amor. Eso es lo que significan todas las historias de la vuelta a la vida de Jesús porque Jesús es el amor de Dios, que vive entre nosotros y que toda la crueldad y la ceguera de los hombres no pudo matar.

Si alguien quiere pruebas de que está vivo y que ésto es la verdad, todo lo que puedo decirle con toda honestidad es que no las tengo. No hay ningún predicador que pueda hacerlo, ni ningún profesor ni libro ni siquiera La Biblia. Va en contra de toda lógica y razonamiento y rompe con las leyes de la naturaleza como las conocemos. Si vamos a creer que está realmente vivo, con todo lo que éso implica entonces tenemos que creer sin que hayan pruebas. Y por supuesto que esa es la única manera que tiene que ser. Si se pudiera probar de alguna manera entonces no tendríamos ninguna oportunidad para no creerlo. Perderíamos nuestra libertad de no creer. Y en el momento en que perdemos nuestra libertad, dejamos de ser seres humanos. Nuestro amor a Dios sería forzado en nosotros y el amor que es forzado sin duda que no es amor. El amor tiene que darse libremente. El amor debe vivir en la libertad de no amar. Debe tomar riesgos. El amor tiene que estar preparado para sufrir como Jesús lo hizo en la cruz y parte de ese sufrimiento es la duda, tal como lo experimentó Jesús en la cruz.

Pero si no tenemos prueba de que vive, tenemos testigos, dos mil años de ellos y aún tenemos más que éso. Tenemos el testigo de nuestra propia vida o al menos de ciertos instantes cuando estamos realmente vivos y aunque sea por uno o dos instantes, hemos visto cuando parten el pan, por un instante no es un pedazo de pan partido pero algo que se ha roto en nosotros, un darse, una fuente de vida. La historia que el cristianismo nos cuenta, es la historia de una vida sin pecado que se entregó por amor para crear de una manera increíble borrón y cuenta nueva para todo lo que significa el pecado para nosotros, para darnos vida en lugar de todo lo que significa para nosotros la muerte. El milagro más grande que el cristianismo puede proclamar es que el amor que sufrió la agonía en el cerro fuera de las murallas de la ciudad fue el amor de Dios mismo, el amor de Dios por su creación el cual es un amor que no tiene límites ni siquiera el límite de la muerte. Y para nosotros el significado de ese amor es que nosotros también podemos levantar nuestras voces estridentes desde los cerros de nuestros propios sufrimientos y decir palabras como éstas:

Hay muy pocas cosas en las que podemos señalar en nuestras vidas que no merezcan la ira de Dios. Nuestros mejores momentos han sido nada más que grotescas parodias. Nuestros gramdes amores han estado casi siempre cubiertos de egoísmo y falsedad. Pero hay algo que podemos indicar. No es nada que hayamos hecho por nosotros pero algo que se hizo para nosotros por otra persona. No nuestras propias vidas pero la vida de aquel que murió por nosotros y que aún vive. Esta es nuestra única gloria y nuestra única esperanza. Y el sonido que hace es el sonido que produce la emoción y el gusto y la alegría que flota en el aire nocturno del gran banquete. Es lo que significa para los cristianos la salvación y que la vimos por primera vez en Emaús a través de Nuestro Señor, Cristo Jesús.

En unos momentos vamos a cantar esta verdad con estas palabras:

 

La noche llega y toma el cuerpo de Nuestro Señor

Y bebe la sangre bendita que fue derramada por tí.

 

Salvados por ese Cuerpo y por esa sangre bendita

Con las almas refrescadas, rendimos nuestras gracias a Dios.

 

Cristo, el que nos ha dado la salvación, su único Hijo

Por su adorada cruz y por su sangre ha ganado la batalla.

 

Fue ofrecido por los grandes y por los pequeños.

El la víctima y el Pastor.

 

Acérquense todos entonces con el corazón lleno de fe y sinceridad

Y tomen aquí el juramento de la salvación.

 

Con pan divino El hace al hambriento que quede satisfecho,

Dándole Agua Viva al que siente sed en su alma.

 

 

………………………………………………….

 

(Por lo tanto) ven Señor Resucitado y dígnate ser nuestro huesped;

no, mejor nosotros lo seremos, el banquete es tuyo.

 

Tú mismo en Tú propia morada lo manifiestas.

En tu propio sacrificio del pan y del vino.

 

Nos encontramos como se encontraron otros en el cuarto de arriba;

Tú en la mesa bendiciendo como aún se hace;

"Este es mi cuerpo" y aún lo das:

la fe todavía recibe la copa como si viniera de tu mano.

 

Un cuerpo somos, de un cuerpo nos alimentamos,

Estamos bendecidos por una Iglesia unida en comunión;

Somos portadores de un nombre, un pan de vida compartimos,

Con todos tus santos en la tierra y en el cielo.

 

Todos somos uno Señor, uno en tí,

Quien es un Salvador y la cabeza que vive;

Entonces abres nuestros ojos para que podamos ver;

Para que te reconozcamos cuando partes el Pan.

 

En el nombre de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.