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Sermón del Rev. Dayle Casey |
Easter Day - Año A |
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En Chapel of Our Saviour |
Actos 10:34-43 |
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Colorado Springs, Colorado |
Colosenses 3:1-4 |
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31 de marzo del 2002 |
Juan 20:1-10 |
¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado! ¡Sin duda, el Señor ha resucitado!
Es la gran canción de la Pascua de Resurrección y más tarde tendrán la oportunidad de cantarla de nuevo al final del sermón. Eso es lo más importante hoy. Y como sabemos, lo importante es mantener lo más importante siendo lo más importante.
De todas maneras hay otras cosas que decir. Y preguntas que hacer. Por ejemplo, ¿Por qué María Magdalena fue la primera persona que vió a Cristo resucitado? De todos los que lo pudieron ver, ¿Por qué fue ella, María de Magdala, quién pudo proclamar las Buenas Nuevas de que la tumba estaba vacía y que había visto a Cristo resucitado?
Mateo, Marcos, Lucas y Juan todos concuerdan diciendo lo mismo, que como nos dice Juan, María Magdalena estando sola cuando se le apareció Cristo en la tumba o como los otros evangelistas nos dicen que María fue la primera entre otras mujeres, quien encontró la tumba vacía y por lo tanto reportaron las buenas nuevas de la resurrección a los discípulos.
Pero es curioso, ¿No es verdad? Porque, en esos tiempos en Judea los reportes de una mujer no contaban para nada. No tenían validez para testificar la verdad. Tomaba la palabra de dos hombres para confirmar la verdad, dos hombres que estaban de acuerdo en ser testigos, por lo que no es sorprendente cuando en el evangelio de Lucas, los apóstoles desecharon el reporte de las mujeres como otra de las leseras que decían las mujeres.
Pero, sea como sea, si Cristo se le apareció primero a una mujer, ¿Por qué a María Magdalena? ¿Por qué no a Marta o a su hermana María o a otra de las tantas mujeres que lo seguían?
No sabemos mucho sobre María Magdalena. Sabemos por seguro cuatro cosas sobre ella en los Evangelios. Una es que junto a otras mujeres era una seguidora de Jesús. Aparentemente no poseían la importancia de un discípulo, porque después de todo, eran mujeres. Pero lo siguieron, atraídas por alguna razón a este hombre, Jesús de Nazaret. Y de acuerdo a Lucas, estas mujeres "cuidaban a Jesús y a sus compañeros con sus propios recursos."
La segunda cosa que sabemos de María Magdalena es que estaba poseída, trastornada, una mujer de la cual habían salido siete demonios.
La tercera cosa que sabemos es que María Magdalena estaba junto a Jesús cuando murió en la cruz, caminando junto a El aún en sus últimos sufrimientos.
Y la cuarta y última cosa que sabemos por seguro es que ella estaba en la tumba el día de la Pascua de Resurrección.
Sin embargo, a través de la historia, muchos han creído que María Magdalena era la mujer que estuvo un día en la casa de Simón, el fariceo. Simón un hombre justo y bueno había invitado a Jesús a comer y mientras comían una mujer no identificada había entrado e interrumpido. Era una mujer que Simón conocía, una mujer de mala reputación y una gran pecadora. Y esta mujer – quizás era María Magdalena, aunque Lucas no lo dice – entró a la casa de Simón y se quedó detrás de Jesús a sus pies, llorando. Y sus lágrimas cayeron sobre sus pies y ella se los secó con su pelo. Y después, ella cubrió los pies de Jesús con sus besos y los cubrió con un caro ungüento.
¡Simón estaba realmente sorprendido! "¿No sabe Jesús quién es esta mujer?" preguntó escandalizado. "¿No sabe que anda de boca en boca, qué es una terrible pecadora? Si Jesús supiera quien es en realidad esta mujer no dejaría que ni lo tocara."
Y Jesús le dijo: "Simón, tengo algo que decirte. Había una vez un hombre que tenía dos deudores. Uno de ellos le debía $50 dólares y el otro $1.000.000 de dólares. Ninguno de los dos podía pagarle por lo que el hombre les perdonó la deuda a ambos. "¿Cuál de los dos amaría (le agradecería) más a este hombre, Simón?" "Supongo, dijo Simón, que al que le había perdonado más." "Tienes razón" le dijo Jesús.
"¿Ves a esta mujer, Simón" le dijo Jesús. "Entré a tu casa y no me ofreciste ninguna de las pequeñas muestras de urbanidad. No me lavaste los pies pero ella me los ha lavado con sus lágrimas y los ha secado con su pelo. No me diste el beso de bienvenida pero ella no ha dejado ni por un momento de besar mis pies desde que llegó. No me ungiste cuando llegué pero ella ha ungido mis pies con aceite y con sus lágrimas. Por esta razón, puedo decirte que sus pecados que son muchos y muy grandes han sido perdonados porque ha demostrado gran amor. Alguien a quien se le ha perdonado poco, demuestra poco amor Simón pero a quien se le perdona mucho, muestra mucho amor y agradecimiento."
De todas maneras, la tradición ha insistido en que María Magdalena era una prostituta, una mujer sin vergüenza quien se sentaba a los pies de Jesús. Y sabemos que había sido poseída por demonios y que junto a otras mujeres, seguía a Jesús y lo cuidaba a El tanto como a sus compañeros con sus propios recursos.
Por lo tanto, ¿Por qué María Magdalena? ¿Por qué fue ella la primera en ver a Cristo resucitado en vez de esos grandes hombres quienes siempre estaban tan seguros de que seguirían a Jesús adonde él fuera, aún a la muerte si fuera necesario? ¿Por qué fue María Magdalena y no uno de ellos? ¿Por qué no fue ni Santiago ni Juan, el que era uno de los hijos del Trueno? ¿Por qué no fue ni Pedro ni Tomás o por lo menos Marta o su hermana María u otra de las otras Marías?
Quizás porque la Pascua de Resurrección tiene que ver con el poder de Dios de resucitar a los muertos y como Robert Capon nos recuerda, las únicas personas que Dios resucita son las personas que están muertas. No las personas super seguras, no alguien quien todavía mueve sus alas como si tuviera algo que enseñar. A las únicas personas que el Cristo resucitado puede dar una vida nueva es a aquellas personas que no tienen una vida vieja a la cual todavía están atados. ¡Y sin duda ése era el caso de María Magdalena! ¡Una verdadera perdedora tres veces seguidas o quizás cuatro!
María de Magdala se encontraba entre las últimas, la perdida y la menos importante en el mundo. Sin duda, no era nadie, una mujer, una persona sin rango en la corte o en la sociedad.
Era una de las menos importante también: no sólo porque era mujer pero encima era una mujer pecadora, quizás hasta una prostituta.
Era una de aquellas que estaba perdida: una mujer poseída por demonios, loca.
Y otra cosa en su contra – todo esto la hacía estar muerta para los demás, ciertamente para los justos como Simón, el fariseo.
María, la mujer originaria de Magdala, la que seguía a Jesús junto a otras mujeres. Todas ellas entre las menos importantes, las últimas y las perdidas del mundo, pero María aún más que las otras, una de las inservibles de la vida.
Por lo tanto, ¿Por qué fue a ella a quién el Cristo resucitado se le apareció primero que a nadie? La razón es tan obvia, tan clara. ¡Ella se encontraba allí y los otros no!
Como nos dijo el Padre Richardson el Jueves Santo, lo que oímos y lo que hacemos hace la diferencia. Lo que oímos y lo que decimos y lo que hacemos, nos hace ser lo que somos. Y donde nos encontramos hace una diferencia también, como lo que le pasó a María.
María no se había escapado después del juicio de Jesús, como lo habían hecho Pedro y Santiago y Juan y los otros discípulos. Al contrario de lo que ellos habían hecho, ella había seguido a Jesús hasta la cruz, compartiendo sus sufrimientos como él había compartido los de ella, observando y esperando durante el termino de su vida al igual que ella y las otras mujeres lo habían reconfortado todos esos años estando a su lado mientras viajaban.
María Magdalena, la única persona en los Evangelios quien con su presencia inquestionable en el Calvario y en la tumba, estaba allí y los otros no estaban, por lo menos los hombres. Por lo que la pregunta de la Pascua de Resurrección se cambia un poco. Se cambia de "¿Por qué el recién resucitado Cristo se apareció primero a María Magdalena?" a "¿Por qué María Magdalena estaba allí para que se le apareciera mientras los otros no estaban?"
La Ley no permitía que hubieran duelo durante el Sábato, el sábado, el día después que Jesús había muerto. Pero lo que lo más temprano posible el próximo día, el primer día de la semana, durante la primera vigilia, antes que llegara la aurora, entre las tres y las seis de la mañana, María se dirigió a la tumba. ¿Por qué?
Se debía a su pérdida. Era simplemente porque ella lo había amado. ¡Y ahora ella había perdido a la única persona que la había querido a ella de verdad y ella sentía una pena inmensa!
Sí, tal vez ella había conocido a muchos hombres pero a ninguno como Jesús, quien vio en ella a una persona no a un objeto. Ninguno había sido como Jesús quien la quería como una persona, no a alguien a quien se le podía usar y después desechar. El siempre la había llamado por su nombre, María. Y su enfermedad y la posesión del demonio y sus pecados: todo parecía haberse desaparecido en la presencia de Jesús. El había dejado de lado todo éso. El había mirado más allá o dejado de lado todo éso en María. El la había perdonado sin tomar en cuenta lo terrible que todo éso era. Y en su presencia, ella sólo era María.
Todos los otros siempre la habían usado. Quizás sólo como un objeto de placer. O como un objeto para ridiculizarla. O aún peor, la habían usado como lo había hecho Simón, el fariseo como un contraste, como un contraste a su propia virtud en su intento a justificarse a si mismo.
Pero Jesús siempre la había visto sólamente como María y la había llamado por su nombre y la había querido. Y ella lo había amado. El había dejado de lado todo lo que los otros no habían hecho. El había mirado más allá de su pecado, la había perdonado totalmente aunque fuera la menos importante, la última y la perdida que había sido. Por lo que ella lo amaba mucho.
Es por eso que en el Calvario ese Viernes, ambos habían estado: Dios y la prostituta. Dios y la pecadora, ambos desechados y abandonados por la Ley y por los justos. Y él había muerto.
Por lo que María era ahora la menos importante, la última de las mujeres y estaba tan perdida como jamás lo había estado, estaba más muerta que viva porque el único que la había llamado por su nombre y la había querido como María, estaba muerto.
Por lo que, en su pena ella se fue a la tumba lo más pronto posible para llorar quizás tanto por ella como por él, porque su pérdida era inmensa. Y allí en la tumba sus lágrimas eran mayores quizás que las que había derramado aquel día en la casa de Simón. Eran tantas sus lágrimas que no podía ni siquiera ver por lo que no reconoció al principio a Jesús. Vio a un hombre pero cuando éste le preguntó "¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?" ella pensó que era el jardinero.
Y le dijo: "Señor, si se lo ha llevado a otra parte por favor dígame dónde para que pueda ir donde él y encontrarlo." Y Jesús le dijo "María." Y cuando él la llamó por su nombre, ella reconoció su voz y se volvió a él y con lágrimas de alegría que le corrían por las mejillas le dijo "¡Maestro!"
¡Era simplemente porque estaba allí, porque ella estaba donde debía estar! Ella lo había seguido por el camino del Calvario y de la tumba, compartiendo sus sufrimientos tal como él había compartido los suyos. Por lo que hoy, en el primer día de la semana ella y él estaban en la tumba vacía, Dios y la pecadora.
Porque ella estaba allí, María oyó la voz de su Bienamado quien la llamaba por su nombre. Es el reconocimiento del amor, un reconocimiento de una presencia y de una verdad que no tiene ningún argumento lógico que lo pueda concebir. Y María de Magdala se hace el apóstol de los apóstoles. Ella corre para contarles a aquellos que no estaban allí lo que ha ocurrido con seguridad absoluta. "¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado! ¡Me ha llamado por mi nombre! ¡Me ha llamado por mi nombre!
El pecado de María – ser la menos importante, ser la última, ser la perdida, ser la pecadora y ser la que ama – éso era todo lo que María le podía dar a Jesús en su camino. Era todo lo que podía traer al Calvario ese Viernes. Y su pecado y su amor era todo lo que podía traer esa mañana a la tumba vacía. Simplemente ella traía lo que era ella, una de las desposeídas, de las perdidas a las que Jesús quería. Y él la llama por su nombre y sus lágrimas de tristeza se vuelven lágrimas de alegría.
Y aquí estamos esta mañana con María en la tumba vacía y con Jesús: Dios y los pecadores, Dios y para aquellos que no tenemos salida de este mundo mortal de "hechos."
Venimos a la tumba vacía de Dios hoy como María Magdalena lo hizo ese primer día de la Pascua de Resurrección. Venimos con un mundo agarrado "a los hechos muertos de la vida." Todo lo que vive, muere. Ese es un hecho. Jesús murió. Ese es un hecho. Los buenos reciben lo mismo al final de su vida. Encaren los hechos, nos dicen. Puede ser un mundo sombrío y amargo pero es nuestro mundo, un mundo que conocemos, un mundo donde la cosas se mantienen como deben y como las conocemos y no hay sorpresas. Esos somos nosotros.
Así somos cuando venimos con María a la tumba vacía de Dios esta mañana de la Pascua de Resurrección con nada más de lo que trajo María ese primer día de la Resurrección. Venimos con lo poco que somos, con nuestras pequeñeces y nos sentimos perdidos debido a nuestros pecados y a nuestra pena. Venimos esperando que no hayan sorpresas. Venimos esperando que la muerte haya triunfado, buscando una manera de justificar lo que ocurrió el Viernes, esperando poder aceptar la ausencia de Jesús.
Pero la Resurrección es acerca de Dios y no de los "hechos." Esta mañana, estamos aquí con María Magdalena en la tumba de Jesús. Es posible que tus ojos también no vean bien por lo que escucha con mucho cuidado. Escucha con María esta mañana. ¿Qué oyes?
"María," nos susurra. "Jonathan, Enrique, Margarita, Edna, Scott, Elena, Guillermo, Susana, Nicolás y Luisa." Y nombra toda la lista de los santos.
"María, Dios te ama."
Hace una gran diferencia lo que oímos y lo que decimos y lo que hacemos. Hay una gran diferencia donde nos encontramos. Y porque hoy estamos aquí con María, nos damos cuenta que la Pascua de la Resurrección no es sobre hechos estériles. Es sobre Dios. Nos damos cuenta que la Resurrección no se puede explicar con hechos pero que la verdad tiene que ser experimentada.
Porque estamos aquí, nos damos cuenta que la tumba vacía de la Resurrección es como el vientre virgen en la Navidad: da la vida, no la muerte. Es sobre el que hace camino donde no hay camino, es sobre el que resucita a los muertos para mostrarnos quien está en control aquí.
Por lo que, si no eres mucho, sólo el último, tan perdido y lleno de pecado como sin duda somos, lo oímos llamarnos por nuestros nombres y descubrimos que no está muerto sino que está vivo.
Todavía tenemos nuestros oídos. Y todavía tenemos nuestra lengua. Por lo que podemos unirnos con María para cantar las maravillosas nuevas de la Resurrección.
Jesús me ama, éso lo sé;
Porque la Biblia me lo dice.
Los niños le pertenecen a El;
Ellos son débiles pero El es fuerte.
Sí, Jesús me ama.
Sí, Jesús me ama.
Sí, Jesús me ama.
Así me lo dice la Biblia.
En el nombre de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.