El último domingo de Epifanía

Sermón del Rev Dayle Casey

El último domingo de Epifanía – Año A

En Chapel of Our Saviour

Exodus 24:12, 15-18

Colorado Springs, Colorado

Filipenses 3:7-14

10 de febrero del 2002

Mateo 17:1-9

 

Wendell Berry dice que el carácter de la Civilización Americana fue formado por dos tipos de personas.

Uno de los grupos fueron los "boomers, "aquellos que decidieron irse a la frontera, quienes siempre estaban buscando los nuevos pueblitos en auge, al mismo tiempo que buscaban como ganarse facilmente un dólar en oro o apostando, siempre usando la superficie del suelo y el agua de las vertientes y listos para irse una vez que la capa del suelo no pudiera mantenerlos y el agua de las vertientes se secara, ésos para los cuales las aventuras siempre están a su lado.

El otro grupo eran los "colonos" o los "anidados" aquellos que empezaron un rancho o una hacienda, construyeron la iglesia y la escuela y el pueblo, abrieron un banco o una tienda con todo, hicieron los pozos y pensaron como conservar la tierra, aquellos que preferían la aparente seguridad de una comunidad de colonizadores a las incertidumbres y dificultades del camino.

My texto favorito de teología, hace una observación similar. El libro se titula "Western Theology." ( Teología del Oeste.) Oeste, en el sentido del salvaje oeste. En él, Wes Seeliger nos dice que hay dos tipos de teología, la teología de los colonos y la teología de los pioneros.

En la teología de los pioneros, la Iglesia es la corte, la cual queda en medio de la plaza. En la teología de los pioneros, Dios es el alcalde, cuya oficina se encuentra en el segundo piso de la corte. Jesús es el sheriff o alguacil. Su trabajo consiste en asegurarse de que las leyes sean cumplidas. El Espíritu Santo es la chica que está en el bar quien da presentaciones especiales todos los miércoles en la noche y que tiene un vestuario diferente para cada estación: verde, púrpura, rojo y blanco. El pastor es el cajero del banco quien está a cargo de recibir los depósitos. Y el obispo es el presidente del banco, quien guarda bajo llave todas las cuentas por la noche.

Las cosas son diferentes en la teología de los pioneros. En la teología de los pioneros, la Iglesia es el vagón. Dios es el jefe de la ruta, quien cabalga duro y bebe su whiskey de un tiro y calza 13 de pie. Jesús es el explorador y su trabajo consiste en encontrar la mejor ruta a usar para el avance de los pioneros. El Espíritu Santo es "Wild Red" (el Desenfrenado rojo) el cazador de búfalos, el más grande de todos los hombres en el campamento y su ropa huele tal cual huelen las bestias que caza. El pastor es el cocinero y su trabajo consiste en servir la carne a los hambrientos pioneros en camino. Y el obispo es el que lava la ropa, quien es el que ayuda a cocinar y quien entre comidas ayuda a todos en el vagón.

En la teología de los colonos, la cosa más importante era mantener el órden y seguir la ley, mantener las actas en la corte al día, limpiándose los pies antes de entrar al edificio y contar las viejas, viejísimas historias sobre las emocionantes aventuras de aquellos días que no volverán.

En la teología de los pioneros, la cosa más importante es mantener la vista hacia el horizonte, para cruzar el próximo rio, para sacar los vagones del barro y de viajar hoy por el camino con mucha visión y fe y ganas, como los antepasados de hace años lo hicieron.

La vida es así o ¿nó? Algunos de nosotros preferimos una vida estable. A otros nos atraen las aventuras del camino. Algunos son atraídos por las dos cosas a la vez.

Me encanta viajar. Me encantan los aeropuertos y las estaciones de trenes, los empujones y los tirones de la gente, el olor del aceite del combustible, nuevos paisajes y diferentes culturas, el desafío de comprar cosas en un lenguaje sin conocer, el sonido de los burros y los gallos fuera de mi tienda de campaña en una noche negra como boca de lobo.

Aún me gusta ese increíble camino que no lo era cuando viajaba en Haití. Es el que necesita un buen vehículo de tracción a cuatro ruedas para viajar las más o menos 80 millas de Port-au-Prince a Petit Trou de Nippes en más o menos entre siete y diez horas, un camino que se hace río de cien yardas de ancho y donde el agua llega hasta el parabrisa cuando te metes al agua, un río que donde está pavimentado le agregas sin exagerar muchas millas a tu viaje al zigzaguear por aquí y por allá en el camino para poder evadir los hoyos y donde otros te pasan por el lado derecho e izquierdo opuestos a tí, tratando también de evadir los mismos hoyos, un camino en el cual donde no está pavimentado, te escurres en hoyos de lodo tan anchos y profundos que si paras tienes el peligro de quedarte atascado para siempre.

Lo que si tengo que admitir es que después de dormir en el suelo por siete u ocho noches y cambiándome de ropa y duchándome mientras camino en puntilas en el bloque de cemento, es muy agradable poder volver al hotel en Port-au-Prince a una ducha caliente y a un ponche de ron y aún mejor volver a mi casa, a mi cama y a mi parroquia, donde la vida tiene un semblante de rutina y donde sabes donde están tus cosas y donde puedes depender de la electricidad. Nuestro hogar nos ofrece familiaridad y un sentido de estabilidad y seguridad, que es la razón por la que Frodo y Sam frecuentemente añoran los condados ingleses en sus viajes.

Muchos de Uds. han visto la primera parte de "El amo de los anillos" o han leído el libro. Frodo, como recordarán tiene en sus manos una gran responsabilidad. El mundo está en el medio de una pelea entre el bien y el mal. El poder diabólico de Saurón, el siniestro amo de Mordor, ha estado temporalmente fuera de acción por el hecho de haber perdido su Anillo, el Anillo del Poder, con el cual pensó que podría gobernar al mundo. Hace unos años que los reyes de Elven, Gil-galad y Elendil destronaron a Saurón y capturaron el Anillo de Saurón en una batalla. Pero, Elendil murió en esa batalla y más tarde su hijo Isildur, el que había heredado el Anillo de su padre, había sido emboscado por los "orcs" y cuando Isildur se tiró al rio Anduín para escapar de los orcs, se le cayó del dedo y se perdió.

El demonio de Saurón sobrevivió y todavía era fuerte pero sin el Anillo del Poder su plan de controlar al mundo había sido frustrado, por lo que él le pidió ayuda a los orcs y sus fuerzas diabólicas en el mundo para que lo ayudaran a encontrarlo, para que así él pudiera continuar con su plan de dominio traicionero.

En su viaje a la Montaña Solitaria, Bilbo, el primo de Frodo, encontró el Anillo y Gandolf sabía, que la única manera de evitar de que el Demoniaco Amo pudiera gobernar al mundo por siempre jamás, era destruír el Anillo. Y la única manera de destruír el Anillo era llevarlo de vuelta a la tierra de Mordor, la tierra del malvado Saurón y allí mismo derretirlo en la propia casa del Malvado #1, en el único fuego suficientemente caliente para destruírlo.

Bilbo envejece y Frodo le hereda el anillo y toma la responsabilidad de devolvérselo a Mordor, con la esperanza de que la maldad que está sobre el mundo pueda ser derrotada. Frodo y sus camaradas – cuatro "hobbits," dos hombres, un duende, un enano y un mago – emprenden el peligroso viaje. Y al final del primer episodio, los encontramos navegando en el Gran Río, donde saben que pronto se encontrarán con un cruce, un lugar donde deberán hacer una decisión. En el cruce cada uno de ellos tendrá que decidir si devolverse de este camino peligroso hacia Mordor y tomar el camino al oeste de Gondor en busca de la posibilidad de encontrar a posibles aliados o de seguir adelante en el camino más difícil y peligroso, en el corazón del enemigo, para tratar de destruir el Anillo y el poder del Endemoniado Amo.

En el cruce, todos, especialmente Frodo, son tentados con la aparente facilidad y seguridad del caminos menos difícil. Dos poderes controlan a Frodo. "Piensa en todo el bien que podríamos hacer si nos quedáramos con el anillo," le suplica Boromir, el tentador. "Tú y yo podríamos usar el poder del Anillo sólamente para hacer el bien."

Pero Frodo, él se ha puesto el Anillo y tiene su propia experiencia del poder a la maldad que tiene, por lo que conquista su miedo, resiste la tentación de una senda fácil y prefiere seguir adelante con lo que se ha transformado en su vocación y responsabilidad. Decide ir a Mordor pero ir solo, en vez de poner en peligro a sus amigos. Pero su fiel amigo Sam, no abandonará a su amo y la primera parte de la jornada termina con Frodo y Sam alistándose con el Anillo para ir a la Tierra de las Sombras y de los diablos, con un destino incierto pero con la seguridad de que es el camino que tenían que tomar.

Moisés y más tarde Jesús y sus discípulos estarán en la misma encrucijada. Cansados por el largo camino a través del desierto con Moisés, la gente quiere establecerse en un lugar, desde el punto de vista espiritual tanto como físico. Esos antiguos pioneros en la Biblia, han dejado Egipto con el Jefe de ruta, guiándolos y urgiéndolos. Estaban felices al principio de estar en camino, que es lo que Exodo significa. Estaban felices de dejar la esclavitud atrás, emocionados de estar en camino a un futuro en la tierra prometida. Pero, la vida era difícil de esta manera. Cuando la noche llegaba en el desierto, se venía de pronto y de una manera completa. El agua y la comida eran escasas. Algunos encontraban a sus compañeros de ruta insufribles y empezaron a quejarse. "La vida era mucho mejor en Egipto," decían. "Pese a que éramos esclavos , por lo menos teníamos suficiente para comer y beber. ¿De qué sirve estar libres si vamos a terminar muertos aquí, en el camino?"

Aún Moisés, el cocinero, cuando subió a la Montaña para hablar con el Jefe de ruta, se quejaba ante Dios. El estaba contento, por supuesto, cuando el Jefe de ruta le dió cierta seguridad para llevarles de vuelta a la gente. No eran del todo seguras. Moisés no podía ni siquiera saber el nombre del Jefe de ruta y todo lo que recibió de direcciones era que siguieran las nubes de día y el fuego de noche. En realidad, era sólamente una promesa, una promesa de que iban a tener una mejor vida ya que la muerte y la esclavitud era lo que habían dejado.

Es por éso que cuando la gente llegó por fin a la Tierra Prometida, dieron un gran suspiro de alivio y se establecieron allí. Estaban listos para darse una ducha y para beber un ponche de ron caliente, contentos de tener reglas que cumplir. Su vida se hizo una vida y una religión de lugar. Les daba seguridad saber que Dios estaría en la corte cuando lo necesitaran, sintiéndose en casa en el arca. Era tranquilizador saber que cuando pecaran podrían sacrificar a un cordero o a una cabra en arrepentimiento.

Con el pasar del tiempo, le construyeron a Dios una casa, un magnífico templo en Jerusalén, el que llegó a ser el lugar para el culto, el lugar para encontrar a Dios. Pensaban que la vida, por fin, estaría libre de las incertidumbres del camino. La vida ahora ya estaba establecida y era confiable, pensaban. El Jefe de ruta ahora era el alcalde, pensaban. Dios se había establecido y ahora vivía en su Templo, pensaban. Y la gente se sentía con una nueva y propia seguridad acerca de Dios y de su relación con ellos y con la relación de ellos para con Dios, una presunta seguridad propia que San Pablo describiría más tarde a esas personas en camino en Filipos. "Lo tuve todo," dijo. "Estaba establecido. Había sido circuncidado en el octavo día, israelita de raza, de la tribu de Benjamín, hebreo bien nacido y bien criado. En mi práctica de seguir la ley, fui un fariceo y bajo los criterios de la rectitud por la ley, era libre de pecado. Mi relación con Dios era completa y mi conocimiento de Dios estaba asegurado."

Fue, con esa misma seguridad en si mismo, con esa seguridad parecida que Pedro y Santiago y Juan llegaron a la encrucijada del Monte de la Transfiguración. Era una seguridad en si mismos a la cual querían capturar y quedarse con ella para siempre. "Señor, hemos estado caminando por años. ¿No podríamos quedarnos aquí? ¡Es un lugar perfecto!" dijo Pedro. "Hemos visto la gloria de Dios brillando en tí Señor, de la misma manera que una vez brilló sobre Moisés y ahora no tenemos duda de que eres el Hijo de Dios. Quedémosnos. Te constuiremos un lugar donde vivir, un tabernáculo. Y haremos otros para Moisés y Elías, lugares para que vivas y goces de tu esplendor y uses tu poder. ¡Mira!, aquí hay muchas piedras para que las transformes en pan, por lo tanto tendremos más que suficiente para comer. Y de esta montaña podrás ver y podrás gobernar al mundo."

"Por seguro que este es un lugar mucho mejor que todos esos pueblitos donde hemos estado," agregó Pedro "y es sin duda mejor que sufrir y morir como has estado diciéndonos. No tienes que ir a la Montaña de tu destino Jesús. No necesitamos ir a Jerusalén para enfrentar todos los peligros, problemas y perversidades del mundo. Ahora sabemos que realmente eres el Hijo de Dios, por lo tanto, quedémosnos aquí y establezcamosnos."

Pero pronto la nube que envolvía a Jesús se evaporó. Se movió, como lo hacen las nubes y vieron sólo a Jesús quien estaba preparándose para su viaje de vuelta. Y habló de su éxodo, de su necesidad de ir a Jerusalén, de su necesidad de seguir su vocación y de destruir al Demonio principal, de destruírlo en su propio territorio, en su propio hogar. Habló del camino que había que emprender, el camino a la Cruz y a la muerte. Como el pilar de nubes en el desierto, la nube en el Monte de la Transfiguración también se movió y guió a Jesús y a sus discípulos de vuelta al camino a través del desierto, al único camino de la resurrección y de la vida.

La transfiguración, como la veo, es la manera en que la Biblia nos confirma el Exodo, como la historia más céntrica de la vida, la manera en que Dios nos dice que Dios es, por fin, el Dios del camino, el Jefe de ruta, no el alcalde y que Jesús es un explorador, no un "sheriff" o alguacil porque la vida es una aventura, una experiencia activa de caminar por el camino, un camino desde el nacimiento hasta la muerte y el más allá.

El regalo que los discípulos recibieron en el Monte de la Transfiguración, no fue el regalo de la seguridad. El regalo que recibieron no fue el de un seguro espiritual pero el regalo de la esperanza, de la esperanza que si seguían a Jesús bajando la montaña hacia el camino del desierto de la vida diaria, con todos sus estrellones y sus moretones, seguramente que alcanzarían a llegar a la tierra de la vida y de las promesas al igual que la gente que siguió a Moisés habían encontrado la Tierra Prometida cuando siguieron el pilar de la nube de día y el pilar de fuego en la noche a través de su desierto. No fue la seguridad de que Dios siempre estará en su casa en el Templo pero la promesa de que siempre estará con ellos sin importarle adonde vayan con tal que caminen el camino de la Cruz con El.

Una mujer samaritana una vez le preguntó a Jesús donde se podía encontrar a Dios. "Señor," le dijo, "nuestros padres han celebrado el culto en esta montaña pero ustedes los judíos dicen que el lugar para celebrar el culto es el lugar donde se encuentra Dios, en Jerusalén." Y Jesús le contestó, "Créeme que ya se acerca la hora cuando no celebrarás el culto ni en esta montaña ni en Jerusalén. La hora se acerca, sin lugar a dudas, ya está aquí, cuando los verdaderos celebrantes, celebrarán el culto a Dios en espíritu y en la verdad."

Esta fue la seguridad de Pablo también "Una vez lo tuve todo," dijo "estaba establecido. Había sido circuncidado en el octavo día, era israelita de raza, nacido y criado hebreo por los criterios de la ley. Sabía quien era Dios y donde lo podía encontrar. Pero todos esos bienes y aseguranzas las he sacado de mi vida debido a Cristo. Pero todo esto, que antes valía mucho para mí, ahora, a causa de Cristo, lo tengo por algo sin valor. Aún más, a nada le concedo valor si lo comparo con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por causa de Cristo lo he perdido todo y todo lo considero basura a cambio de ganarlo a él y encontrarme unido a él. No busco quedar libre de culpa por la obediencia a la ley, sino por medio de la fe en Cristo; es decir, que Dios me libre de culpa por medio de la fe. Lo que quiero es conocer a Cristo, sentir en mí el poder de su resurrección, tomar parte en sus sufrimientos y llegar a ser como él en su muerte, con la esperanza de alcanzar la resurrección de los muertos.No quiero decir que ya lo haya conseguido todo, ni que ya sea perfecto; pero sigo adelante con la esperanza de alcanzarlo, puesto que Cristo Jesús me alcanzó primero. Hermanos, no digo que yo mismo ya lo haya alcanzado; lo que si hago es olvidarme de lo que queda atrás y esforzarme por alcanzar lo que está delante, para llegar a la meta y ganar el premio que Dios nos llama a recibir por medio de Cristo Jesús."

Esta es la esperanza del camino, la esperanza de la vida. Es la esperanza del camino de la Cuaresma, el camino del desierto de la Cruz y de la muerte a la resurrección.

Porque sabemos, por fin que toda parada nos hace perder. Sin importarnos las virtudes y las aparentes seguridades de la vida establecida, al final, no nos dan la garantía, ni la seguridad. El Anillo de Oro del mundo, el Anillo de la riqueza, el Anillo del poder, aún el Anillo de la religión, todos, al final nos fallan. Porque cuando Dios nos llama, como siempre lo hace, es un llamado a ponernos en camino y de estar en el desierto para llegar al Monte de la Transfiguración y al cruce que nos lleva de vuelta a Jerusalén, al camino de la Cuaresma y del Calvario, a Getsemani y a la Cruz, donde el bien y el mal, la vida y la muerte se cruzan.

Podemos tratar de evitarlo por un tiempo. Contruimos casas, nuestros templos y nuestros ejércitos y por un tiempo movemos nuestras marionetas de riqueza y de poder. Pero, al final, tendremos que tomar el camino de nuevo y trasladarnos. Porque hay un cruce que no podemos impedir. Y cuando la muerte nos llame, lo cual ocurrirá tarde o temprano, habrá un llamado para regresar al camino, donde tendremos que caminar por el desierto una vez más y donde lo único seguro, es la seguridad de la fe, la confianza y la esperanza de que el Dios del camino, quien caminó antes que nosotros, nos ayude.

En el nombre de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.